La muerte de Kobe Bryant: luto es silenciar la violación.

Hay dos imágenes en mi rastreo de recuerdos relacionados con el basquet: la primera un aro inalcanzable colgado en el patio de mi casa, en una fracción de pared que había entre dos puertas, una era la del baño y la otra la del lavadero. La segunda es la de una cama enorme en la que mi hermana y yo saltábamos muy alto para festejar cada vez que Michael Jordan embocaba la pelota en algún aro de los mega estadios yankis en donde, en los 90, los Bulls de Chicago, ganaban y ganaban sin parar torneos de la NBA. Era un ídolo un poco desfasado del nacionalismo contemporáneo y del deporte local, en vez de combinar la fórmula Maradona/fútbol hacíamos la de Jordan/básquet, pero la ecuación era la misma: un deporte, una estrella y a alabar que se acaba el mundo.

La pantalla conecta a le gente común con unas vidas extraordinarias que tienen la especificidad de practicar un deporte de elite y ganar dinero y fama. Antes o mientras llegan a las ventanas de nuestros dispositivos electrónicos se moldean para quedar a imagen y semejanza de lo que se considera necesario en las grandes ligas masculinas -porque el resto de las posibilidades por ahora se mantienen en la opacidad- de casi cualquier deporte grupal o individual: fuerza, cuerpo musculoso, éxito y familia. El prototipo de deportista estrella pivotea entre la religión, los bíceps, la foto de la familia y algún desnudo que le permita dispersar como polvo mágico las fantasías de las minitas que lo miramos por TV y las de los tipos que realizan plegarias frente al espejo intentando encontrar las 7 diferencias

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