A 150 años de la muerte del gran novelista inglés Charles Dickens


Hoy hace150 años –el día anterior había sufrido un derrame cerebral luego de rematar su jornada de trabajo– un hombre cerró para siempre sus ojos dejando una novela sin terminar pero reviviendo cada vez que se abre alguno de sus libros y, sí, pocas eternidades literarias resultan más justificadas y resistentes que la suya. La novela interrumpida es The Mystery of Edwin Drood y su autor Charles Dickens, a quien muchos no dudan en comparar con Shakespeare en lo que hace a su onda expansiva y potencia residual y radiación permanente y contagiosa y benéfica inmunización contra todos los males de este mundo.
Rodríguez entre ellos y quien –a principios del estado de alarma– releyó la cripto-autobiográfica David Copperfield para descubrir que jamás la había leído; porque poco y nada había tenido que ver lo que ahora leyó en victoriano y victorioso inglés con aquella edición “condensada” y en español de su infancia. De pronto, ahí, la robusta maravilla de un estilo que parecía dispararse en todas las direcciones al mismo tiempo sin perder de vista su objetivo final para contar lo presente a la vez que anticipando mucho de la mecánica proustiana a la hora de hacer memoria.
El 8 de junio de 1870, Dickens (quien ya venía arrastrando problemas de salud y una conducta temeraria a la que alguien calificó como “suicidio en público” a partir de su bestial calendario de lecturas-performances muy bien remuneradas y que le ofrecían la coartada perfecta para estar lejos de una esposa a la que no aguantaba y sometía a torturas psicológicas de una más que ocurrente potencia) cayó fulminado como por una de esas corrientes mesméricas y combustiones espontáneas que golpeaban en sus tramas. Y entonces –escritor ultra-descriptivo hasta el final– Dickens pronunció como últimas palabras un “En el suelo”, y ya no recuperó la consciencia hasta el punto final. Hay conjeturas más o menos respetables (Rodríguez leyó unas cuantas biografías de Dickens: los dos studies de G. K. Chesterton, la de J. B. Priestley, la de Peter Ackroyd, la de Claire Tomalin) en cuanto a que la apoplejía sin retorno se produjo en casa y entre brazos y piernas de su joven amante, la joven actriz Ellen Ternan siendo enseguida llevado a morir o ya muerto a su familiar Gads Hill Place para así evitar escándalo. Lo en verdad sucedido importa en lo que hace a la frágil y en más de un sentido cuestionable vida, pero lo cierto es que no altera en absoluto la titánica y más allá de todo reproche obra. Y los que no disfrutan de Dickens y se escudan en críticas a su sentimentalismo y a su regocijo en el melodrama y lo tragicómico son los mismos que consideran a lo de The Beatles como música pegadiza y por lo general entre previsiblemente romántica o infantilmente surrealista.
DOS Y hace siglo y medio que los fans de Dickens –toda esa cada vez más lonely people pero tan bien acompañada— no han dejado de elucubrar acerca de cuál sería la solución al enigma del súbitamente desaparecido Edwin Drood. Y Rodríguez decidió honrar la efeméride redonda leyendo ese último e incompleto Dickens que nunca había leído pero sobre el que había leído mucho. Sabía que a Chesterton le parecía “lo más ambicioso entre todo los suyo” y que inventaba “la nueva novela de detectives”. Y que a George Bernard Shaw se le antojó una caprichosa tontería y “el gesto de alguien ya tres cuartas partes muerto”. Sabía también que muchos –a las pocas semanas del entierro de Dickens en Westminster– se lanzaron a terminarla (alguno jurando que el propio fantasma de Dickens le había dictado). Y que no hace tanto se estrenaba versión en Broadway en plan público-escoge-culpable cada noche. Y Rodríguez hasta disfrutó de Drood: novela de terror de Dan Simmons con Dickens y Wilkie Collins de protagonistas y estaban también quienes insistían en que The Mystery of Edwin Drood había surgido de los celos de su autor por el mega-éxito de la sí fundante y pionera The Moonstone de Collins. Y, sí, en este último Dickens hay mucho de Collins (a quien no le entusiasmó y juzgándolo “el producto de un cerebro desgastado”) con su exotismo extranjero, muertes misteriosas, sectas asesinas, humo de opio, obsesión sexual y atmósfera siniestra. Y están los fans drooditas que no dudan en asegurar que el sorpresivo desenlace sería vuelta de tuerca anticipando en varios años el “truco” psicótico del Strange Case of Dr. Jekyll & Mister Hyde de Robert Louis Stevenson.
En su momento varios amigos cercanos se sintieron primero privilegiados y contaron la explicación que Dickens les había revelado “en confianza” para enseguida descubrir –con una mezcla de regocijo e irritación– que todos tenían una versión diferente con la que habían sido despistados y confundidos. Desde entonces, se han registrado (incluyendo la de Agatha Christie) más de doscientas posibles hipótesis y hasta thrillers à la Dan Brown en los que los capítulos perdidos The Mystery of Edwin Drood son recompensa o castigo para quienes los buscan o encuentran.
En cualquier caso, Rodríguez la buscó y encontró y leyó y disfrutó. Y alcanzó su propia teoría seguramente absurda: The Mystery of Edwin Drood está terminada. Porque Dickens –maestro de los cierres categóricos e indiscutibles, sabiendo que el suyo propio estaba ya a vuelta de página– decidió de antemano escribir una novela inacabada: un policial cuya resolución pasaría por la inmortalidad de su mystery irresuelto. Y que no era que Dickens-Escritor no supiera cómo terminarla sino que Dickens-Lector no deseaba saberlo. Y así (habiéndolo hecho todo dentro de la novela clásica y decimonónica; maxi-creador al que ningún emoticon podrá jamás sintetizar) despedirse con gesto futurista y metaficcional y modernista y auto-ficticio definitivo y a la más revolucionaria vanguardia de todo: el de que una novela sin ultimar –la última de las suyas– fuese como la vida misma. Que se interrumpiese. Que esta novela propusiese la práctica anticipada de esa interminable teoría –luego tantas veces invocada en vano– de “la muerte de la novela” contraponiéndole una novela que, sí, se muere con su autor. Y Rodríguez se dice que aún se podía llegar más lejos y contagiar virus del que escribe a quien lee: morirse justo antes de terminarla sabiendo que nada termina con una o con otro. Así, por las dudas, Rodríguez llega hasta la anteúltima frase de The Mystery of Edwin Drood y allí se detiene y reza una oración por Dickens.
TRES Y con ganas de más –en el peor de los tiempos y en el aún peor y más difícil de los tiempos, en su piso desolado y fantasmal– Rodríguez se puso a releer lo que seguramente es el Dickens más perfecto: Great Expectations. Dickens la despachó en su momento con dos finales: uno feliz (con el que se publicó) y uno infeliz (el original y que a un amigo suyo, el escritor Bulwer Lytton, le pareció demasiado melancólico y le rogó algo un tanto más soleado). Dickens le hizo caso y, claro, el final primero y verdadero (que suele incluirse como apéndice en todas las reediciones) es mucho más triste y solitario pero tanto mejor. Y concluye con una última línea perfectamente abierta y ambigua y final que Rodríguez no citará aquí para que así esta contratapa quede inconclusa y misteriosa. 

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